
Durante tres días y dos noches lucharon por vivir en medio de una tormenta de viento blanco en el Volcán Casablanca. Hoy, once años después, esa experiencia inspira proyectos de educación al aire libre, voluntariado y liderazgo en distintas comunidades del país.
El 16 de julio de 2015, Marcelo Pérez Hott y José Ignacio Cortés alcanzaron la cumbre del Volcán Casablanca sin imaginar que, minutos después, comenzarían a vivir una de las experiencias más difíciles de sus vidas.
Mientras descendían, una intensa tormenta de viento blanco cubrió completamente la montaña.
El viento blanco es uno de los fenómenos más peligrosos de la alta montaña. La nieve que cae se mezcla con la nieve levantada por el viento hasta borrar completamente el horizonte. La visibilidad puede reducirse a solo unos centímetros, haciendo imposible distinguir dónde termina el suelo y dónde comienza el cielo. En esas condiciones, incluso resulta imposible saber con certeza dónde está arriba y dónde está abajo.
Eso fue exactamente lo que vivieron.
Perdieron toda referencia para regresar. Dejaron incluso de verse entre sí. Solo la luz de sus linternas frontales les permitía comprobar que el otro seguía cerca.
Durante horas buscaron una salida, hasta que el agotamiento físico los obligó a detenerse.
Con sus propias manos cavaron una pequeña trinchera en la nieve.
Allí enfrentaron la primera noche.
Espalda con espalda.
En posición fetal.
Con la ropa completamente mojada y temperaturas bajo cero, ambos se turnaban para salir de la trinchera y realizar ejercicios físicos para evitar la hipotermia. Dormir podía significar la muerte.
Al amanecer del segundo día decidieron continuar.
Se internaron en el bosque siguiendo el cauce de un río, avanzando durante horas entre nieve que, por momentos, les llegaba hasta las rodillas y la cintura. Sin alimentos y con el cuerpo consumiendo sus propias reservas para mantenerse con vida, construyeron una segunda trinchera para enfrentar otra noche en la montaña. Abrir CHARLA HIJOS DEL VIENTO BLANCO – CONCEPCION.pdf
Mientras tanto, familiares, amigos y equipos especializados mantenían un amplio operativo de búsqueda. Sin embargo, las condiciones meteorológicas impedían ingresar con seguridad a la montaña y muchos comenzaban a perder la esperanza. Abrir CHARLA HIJOS DEL VIENTO BLANCO – CONCEPCION.pdf
Pero llegó el tercer día.
Un rayo de sol iluminó nuevamente el bosque.
Ambos decidieron seguir caminando.
Horas más tarde divisaron el lago Rupanco y lograron llegar hasta el sector Las Gaviotas, donde fueron recibidos por lugareños que les brindaron abrigo, alimento y coordinaron las primeras comunicaciones con sus familias. Posteriormente fueron trasladados a un centro asistencial con diagnóstico de hipotermia y rabdomiólisis. Abrir CHARLA HIJOS DEL VIENTO BLANCO – CONCEPCION.pdf
A once años de aquella experiencia, Marcelo Pérez Hott asegura que la mayor enseñanza no fue únicamente haber sobrevivido.
“La montaña nos enseñó que nadie se salva solo. Todos enfrentaremos alguna vez un viento blanco en la vida. En esos momentos desaparecen las certezas, pero permanecen los principios, la preparación y las personas que deciden caminar junto a nosotros. Aprendimos que siempre puede llegar un tercer día.”
Con el paso de los años, esa experiencia también influyó en la creación de Fundación Cerro Arriba, organización que impulsa la educación al aire libre, la restauración ecológica mediante bosques de bolsillo y el voluntariado, promoviendo que niños, jóvenes y familias fortalezcan su vínculo con la naturaleza y la comunidad.
La historia también dio origen a la conferencia “Hijos del Viento Blanco”, compartida en establecimientos educacionales, universidades, empresas e instituciones, donde la experiencia se transforma en una reflexión sobre liderazgo, preparación, resiliencia, trabajo en equipo y propósito.
Marcelo quiso finalizar este nuevo aniversario con un reconocimiento a su compañero de cordada.
“Quiero agradecer profundamente a José Ignacio Cortés. Compartimos el miedo, el frío y la incertidumbre, pero también la decisión de no rendirnos. Su valentía, serenidad y amor por la vida fueron fundamentales. Haber regresado caminando fue el resultado de una amistad basada en la confianza y el cuidado mutuo. Mi gratitud hacia Ignacio será siempre.”
Once años después, el Viento Blanco ya no representa solo una tormenta en la montaña. También simboliza esos momentos de la vida en que parece desaparecer el horizonte. Y recuerda que, con preparación, esperanza, trabajo en equipo y la decisión de seguir avanzando, siempre puede llegar el tercer día.





