Columna de opinión

Que no sea un 8M más

En el año 2000 cursaba segundo medio. Recuerdo con claridad a compañeras embarazadas ocultando el embarazo bajo un sweater amplio, sabiendo que – cuando se hiciera evidente –  serían “invitadas” a dejar el colegio. El futuro padre, en cambio, continuaba su vid a escolar sin cuestionamientos. La sanción social recaía solo sobre ellas. Ello reflejaba una desigualdad estructural que por años naturalizamos.

Han transcurrido más de dos décadas. Es innegable que hemos avanzado en derechos y en conciencia pública; sin embargo, no lo suficiente como para dar por superada la desigualdad estructural. Persisten prácticas y discursos que reducen el problema a “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”, minimizando una lucha que no busca establecer superioridades, sino garantizar igualdad.

La experiencia histórica demuestra que las mujeres hemos debido disputar cada espacio: el derecho a estudiar, a votar y ser electas, a recibir igual remuneración por igual trabajo, a decidir sobre nuestro cuerpo, a acceder a métodos anticonceptivos y a contar con leyes efectivas contra la violencia intrafamiliar y de género.  Ninguno de esos avances fue espontáneo; fue el resultado de organización y presión social y no los podemos dar por garantizados, como bien advirtió Simone de Beauvoir: “basta una crisis política, económica o religiosa para que estos derechos vuelvan a ser cuestionados”.

Como señalé, tales avances no se dan por garantizados, y ello se ha ido evidenciando en el ámbito internacional. El caso Epstein expuso redes de abuso y explotación sexual que involucran a empresarios, presidentes y príncipes,  que pusieron en entredicho la capacidad de los sistemas judiciales para actuar con independencia frente a las élites. Ante esto,  más que portadas condenatorias,  veo creación de noticias sin mayor relevancia para intentar tapar el sol con el dedo,  mientras las víctimas claman por justicia.

A nivel regional, tampoco estamos exentos de señales preocupantes. El 21 de febrero, en Puerto Varas, el cantante Américo preguntó desde el escenario: “¿Por qué se empoderaron tanto?”. Más que una frase aislada, refleja una incomodidad frente a mujeres que hoy ya no aceptan el maltrato ni el silencio. Esa incomodidad revela que el cambio cultural aún no está consolidado.

Que éste no sea un 8M más. El compromiso con los derechos de las mujeres no puede limitar se a una conmemoración simbólica. Requiere políticas públicas sostenidas, presupuestos adecuados y una acción institucional coherente. Porque una región que no protege a sus mujeres debilita su democracia. Y una democracia que tolera desigualdades estructurales, no puede aspirar a un desarrollo verdaderamente justo.

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