
La reciente asunción del Gobernador Regional de Los Lagos como presidente de la Asociación Nacional de Gobernadores Regionales (Agorechi) ha traído consigo una propuesta que, aunque ambiciosa, requiere ser analizada con profundidad, rigor técnico y, sobre todo, desde la formalidad institucional. Si bien existe un consenso transversal sobre la necesidad de afianzar la figura del Gobernador como líder del territorio, el «cómo» se logra ese fortalecimiento es donde reside la verdadera discusión de Estado.
La idea esbozada en su discurso de asunción abre un debate necesario sobre la duplicidad de funciones, independiente del gobierno de turno. Desde mi perspectiva, el criterio debe ser claro: necesitamos Delegados Presidenciales acotados al rol del gobierno interior y la seguridad, y por otro lado, Secretarías Regionales Ministeriales (Seremis) que actúen con una sinergia real y cercana al Gobernador y sus divisiones técnicas.
Sin embargo, debemos ser cuidadosos con las formas. Si las divisiones técnicas del Gobierno Regional (GORE) comienzan a absorber tareas que corresponden originalmente a las carteras ministeriales sin una transferencia de competencias clara y financiada, el camino se vuelve más largo e infructuoso. Ya conocemos ejemplos de rechazos o nulas autorizaciones en la Dipres por medidas locales que carecen de «piso» técnico o legal. Por ello, la propuesta de Agorechi de eliminar representaciones regionales parece, paradójicamente, contrapuesta al objetivo de afiatar la presencia del Estado en la región.
Pero hay un punto de distorsión que no podemos seguir obviando y que es una sentida demanda planteada en grupos académicos y junto a los consejeros regionales organ izados.
Resulta contradictorio hablar de descentralización hacia afuera mientras hacia adentro mantenemos una estructura donde el Gobernador interviene directamente en el Consejo Regional, incluso limitando comisiones que debieran ser espacios de fiscalización y deliberación autónoma de los Cores. Es necesario retomar la figura de un Presidente del Consejo que sea miembro del mismo cuerpo colegiado, tal como ocurrió en los inicios del proceso de elección directa de consejeros.
Presidir el Consejo siendo jefe del ejecutivo regional no solo es una distorsión democrática, sino que transforma al CORE en una extensión del equipo ejecutivo, mermando su rol de contrapeso necesario.
El fortalecimiento regional no se logra solo acumulando facultades en una sola figura, sino democratizando los espacios de decisión y profesionalizando la relación entre el ejecutivo y el legislativo regional.
El debate está abierto. Pero que no se confunda: descentralizar no es solo traspasar poder desde Santiago a los gobernadores; es también fortalecer la institucionalidad regional en su conjunto, respetando la autonomía de sus consejeros y asegurando que cada peso invertido tenga el respaldo técnico que el desarrollo de nuestra gente merece.





