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Fiestas de fin de año y salud mental: una responsabilidad compartida

 

La evidencia es clara. La Organización Mundial de la Salud advierte que durante los periodos festivos aumentan el consumo nocivo de alcohol, la violencia y los trastornos de salud mental, y que su prevención exige entornos familiares protectores, redes de apoyo activas y decisiones responsables. En la misma línea, el Ministerio de Salud refuerza cada año el llamado al autocuidado: consumo moderado de alcohol, nulo consumo de drogas ilícitas, conducción responsable, atención a la salud mental, protección de niños, niñas y adolescentes, de personas mayores, y búsqueda oportuna de ayuda ante cualquier señal de violencia o crisis emocional. No se trata solo de recomendaciones, sino de advertencias que interpelan directamente nuestra forma de celebrar.

Fin de año llega con sus luces de Navidad y Año Nuevo, abrazos y promesas de reencuentro. Las calles se llenan de música, las mesas de comensales y los corazones, muchas veces, de una alegría sincera; otras, de una máscara frágil. Las celebraciones de fin de año conviven con silencios densos: los gastos acumulados, las deudas, el cansancio de meses exigentes, la soledad que se agudiza, la tristeza que no siempre encuentra palabras. Las fiestas, paradójicamente, pueden convertirse en un detonante, un espejo que amplifica el estrés, la ansiedad y la depresión.

En estos días también aumentan los excesos: comida sin medida, alcohol y bebidas que buscan anestesiar los sentidos, drogas que prometen olvido o alivio inmediato. Nada de ello es posible sin conciencia, control y voluntad. Cuando estas faltan, emergen conductas que quiebran vínculos y cuerpos: la imprudencia e irresponsabilidad al volante, las riñas, las agresiones, la violencia intrafamiliar, las discusiones que dejan marcas invisibles. No son hechos aislados; son expresiones de un malestar social más profundo que impacta la salud individual, familiar y comunitaria. La urgencia no siempre entra por la puerta de un hospital: a veces se instala en la calle, en el comedor de una casa, en la pieza de un adolescente, en el miedo silencioso de una mujer o de quien debe transitar nuestras calles durante la noche.

Cuidarnos no es un acto individualista; es un gesto profundamente colectivo. Implica escuchar sin juzgar, poner límites al exceso, pedir ayuda a tiempo y recordar que la fiesta no debería costarnos la dignidad ni la vida. Que la alegría no sea una exigencia, sino una emoción compartida. Que estas fechas nos encuentren más humanos, más atentos y más responsables del cuidado del otro. Porque la salud —así como la esperanza— también se construye en comunidad.

Fernando Cortés Tello, Subdirector Unidad de Salud Pública, Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud U.Central sede Región de Coquimbo

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